¿Qué podemos hacer para prepararnos para el encuentro con el Señor?
Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo:
El Adviento es un tiempo de preparación. Aunque mucha gente supondría que esta preparación significa prepararse para la Navidad, la verdad es que la atención se centra en el nacimiento de Jesús sólo en los últimos nueve días del tiempo, del 16 al 24 de diciembre. Es entonces cuando las lecturas del Evangelio se centran específicamente en el nacimiento histórico de Jesús en Belén. La primera parte del Adviento, sin embargo, no se centra en la primera venida de Jesús a Belén, sino en su segunda venida al final de los tiempos. En ese sentido, continúa el enfoque sobre el final de los tiempos que las lecturas de la Misa destacaron durante las últimas semanas del Tiempo Ordinario. El XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario y el Primer Domingo de Adviento tienen siempre un tema de juicio, ya sea la vuelta del Señor al final de los tiempos, de la que oímos hablar al final del Tiempo Ordinario, o la necesidad de vigilancia y sobria preparación para esa venida, que leemos en las Escrituras al comienzo del Adviento. La solemnidad de Cristo Rey las une, porque Jesús es el Rey del Universo.
Por tanto, debemos prepararnos no para un acontecimiento pasado, sino para uno futuro. Por eso, en cada Misa, después del Padrenuestro, el sacerdote reza para que el Señor nos libre de todo mal y nos mantenga «libres del pecado y a salvo de toda angustia, mientras aguardamos la esperanza bienaventurada y la venida de nuestro Salvador, Jesucristo».
San Cirilo de Jerusalén, que fue obispo de Jerusalén en el siglo IV, describió estas dos venidas diferentes de Cristo con estas palabras: «No predicamos una sola venida de Cristo, sino también una segunda, mucho más gloriosa que la primera. La primera venida estuvo marcada por la paciencia; la segunda traerá la corona de un reino divino. En general, todo lo que se refiere a nuestro Señor Jesucristo tiene dos aspectos. Hay un nacimiento de Dios antes de los siglos, y un nacimiento de una virgen en la plenitud de los tiempos. Hay una venida oculta, como la de la lluvia sobre el vellón, y una venida ante todos los ojos, todavía en el futuro. En la primera venida, fue envuelto en pañales en un pesebre. En su segunda venida estará vestido de luz como en un manto. En la primera venida soportó la cruz, despreciando la vergüenza; en la segunda vendrá en gloria, escoltado por un ejército de ángeles. Miramos, pues, más allá de la primera venida y esperamos la segunda».
San Bernardo, el famoso abad de la abadía de Claraval, Francia, en el siglo XII, escribió sobre una tercera venida de Jesús con estas palabras: «Sabemos que hay tres venidas del Señor. La tercera se sitúa entre las otras dos. Es invisible, mientras que las otras dos son visibles. En la primera venida fue visto en la tierra, habitando entre los hombres; Él mismo da testimonio de que lo vieron y lo odiaron. En la venida final toda carne verá la salvación de nuestro Dios, y mirarán a Aquel a quien traspasaron. La venida intermedia es oculta; en ella sólo los elegidos ven al Señor dentro de sí mismos, y se salvan. En su primera venida, el Señor vino en nuestra carne y en nuestra debilidad; en esta venida intermedia, viene en espíritu y en poder; en la venida final, será visto en gloria y majestad. Puesto que esta venida se sitúa entre las otras dos, es como un camino por el que viajamos desde la primera venida hasta la última. En la primera, Cristo fue nuestra redención; en la última, aparecerá como nuestra vida; en esta venida intermedia, Él es nuestro descanso y consuelo».
El hecho de que nuestra sociedad esté tan preocupada por comprar las mejores ofertas durante las semanas previas a la Navidad es un indicio de una comprensión superficial y poco profunda del mensaje del cristianismo. El misterio de nuestra salvación en Cristo es mucho más precioso y profundo.
La pregunta que deberíamos hacernos durante este tiempo de preparación al Adviento no es «¿dónde podemos comprar lo que queremos en oferta?», sino «¿qué podemos hacer para prepararnos para encontrarnos con el Señor?». La respuesta es estar atentos a su presencia, buscándole allí donde se encuentre. Empezamos por donde estamos ahora: Jesús dijo: «Donde estén dos o tres reunidos en mi nombre, yo estaré en medio de ellos», así que Él está entre nosotros siempre que nos reunimos en su nombre. Jesús está presente en la proclamación de su Palabra, por eso estamos de pie durante el Evangelio, reconociendo la presencia del Señor resucitado. Jesús está presente en la Eucaristía, una verdad que aprendemos de los relatos de la Última Cena y de su enseñanza que escuchamos a principios de este año en las lecturas del capítulo 6 del Evangelio de Juan, donde Jesús se refiere a sí mismo como el Pan de vida. Estamos atentos a la presencia de Jesús en los que están desesperadamente necesitados, pues Jesús enseñó que: «En cuanto hicisteis esto [es decir, ofrecisteis ayuda] al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo hicisteis». Además, estamos atentos a la presencia de Jesús cuando nos dirigimos a Él y le escuchamos en la oración. Estando atentos al Señor, estaremos preparados y seremos capaces de presentarnos con confianza ante el Hijo del hombre cuando vuelva en gloria, y cuando seamos llamados de esta vida a la vida eterna que Él ha prometido.
¡Qué Dios nos conceda esta gracia! Amén.