Hay mucho que comprender en la primera frase del Credo Niceno
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
Al continuar nuestras reflexiones sobre el Credo de Nicea durante este año en que se celebra el 1.700 aniversario del Concilio de Nicea, la última vez examinamos de manera general las dos primeras palabras, «Creo», y lo que significa creer en algo o en alguien. Hoy examinaremos más específicamente la primera declaración completa del Credo de Nicea: «Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible». Esta breve declaración contiene muchas cosas.
En primer lugar, nos centramos en la palabra «uno». Muchas religiones antiguas eran politeístas, es decir, creían en múltiples dioses. En general, los griegos y los romanos no eran ateos, sino que creían en varios dioses que proveían a sus diferentes propósitos e intereses. Por ejemplo, el rey de los dioses era conocido con el nombre griego de Zeus y el romano de Júpiter. De hecho, los planetas de nuestro sistema solar llevan los nombres de la mitología romana: Mercurio (mensajero de los dioses), Venus (diosa del amor), Marte (dios de la guerra), Saturno (dios de la agricultura), Urano (dios del cielo) y Plutón (dios del inframundo). Los primeros mártires cristianos fueron asesinados por negarse a ofrecer sacrificios a los dioses, especialmente al emperador romano, considerado un dios.
La religión de los judíos en el Antiguo Testamento y de los cristianos en el Nuevo Testamento es monoteísta, es decir, creen en un solo Dios. Aunque los cristianos creen que Dios es una Trinidad de Tres Personas -Padre, Hijo y Espíritu Santo- sólo hay un Dios. Jesús empezó a referirse a la primera Persona de la Santísima Trinidad como «Padre nuestro» cuando enseñó a los discípulos a orar (Mateo 6:9-13 y Lucas 11:2-4). Cuando fuimos bautizados, nos convertimos en hijos e hijas adoptivos de Dios Padre.
Según el Catecismo de la Iglesia Católica, «creer en Dios, el Único, y amarlo con todo nuestro ser tiene enormes consecuencias para toda nuestra vida. Significa llegar a conocer la grandeza y la majestad de Dios. Significa vivir en acción de gracias: si Dios es el único, todo lo que somos y tenemos viene de Él. … Significa conocer la unidad y la verdadera dignidad de todos los hombres: todos están hechos a imagen y semejanza de Dios. Significa hacer buen uso de las cosas creadas. … Significa confiar en Dios en toda circunstancia, incluso en la adversidad» (CIC, nn. 222-227).
Profesamos nuestra creencia en que Dios es el «creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible». Creer en Dios como Creador de todas las cosas no se opone a la ciencia ni a su legítima autonomía. Como señaló el Concilio Vaticano II en la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, «si por autonomía de las cosas terrenas se entiende que las cosas creadas y las sociedades mismas gozan de leyes y valores propios que los hombres deben ir descifrando, poniendo en práctica y regulando, entonces es del todo justo exigir esa autonomía. Ésta no sólo es exigida por el hombre moderno, sino que armoniza también con la voluntad del Creador. En efecto, por la circunstancia misma de haber sido creadas, todas las cosas están dotadas de su propia estabilidad, verdad, bondad, leyes propias y orden. El hombre debe respetarlas a medida que las aísla por los métodos apropiados de las ciencias o artes individuales. Por lo tanto, si la investigación metódica dentro de cada rama del saber se lleva a cabo de una manera genuinamente científica y de acuerdo con las normas morales, nunca entra verdaderamente en conflicto con la fe, porque los asuntos terrenales y las preocupaciones de la fe derivan del mismo Dios. … Pero si la expresión independencia de los asuntos temporales se toma en el sentido de que las cosas creadas no dependen de Dios, y que el hombre puede utilizarlas sin referencia alguna a su Creador, cualquiera que reconozca a Dios verá cuán falso es tal significado. En efecto, sin el Creador la criatura desaparecería» (Gaudium et Spes, n. 36).
Nuestra creencia en la creación de Dios abarca lo que se ve y lo que no se ve. Hay realidades invisibles que son muy reales aunque no podamos verlas, como el aire que respiramos, pero también realidades metafísicas, como los ángeles, los demonios, nuestras almas y las virtudes, como la fe, la esperanza y el amor, y el hecho de que hay una Verdad, no tu verdad y mi verdad. Nuestra fe en Dios como Creador de las realidades visibles e invisibles del universo se fortalece cuando ponemos nuestra confianza en la gracia de Dios.
¡Qué Dios nos conceda esta gracia! Amén.