Encontrar el valor propio en el trabajo

Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo,

En este fin de semana del Día del Trabajo, sería bueno que reflexionáramos sobre “El trabajo y el sentido de la vida.” Ese fue el título del discurso de clausura pronunciado por David Bahnsen en la conferencia de verano del Instituto Napa el pasado mes de julio. Bahnsen es el fundador, Socio Director y Director de Inversiones de Grupo Bahnsen , una empresa nacional de gestión de patrimonios privados con oficinas en todo el país. Antes de fundar Grupo Bahnsen, trabajó ocho años como director Gerente en Morgan Stanley y seis años como Vicepresidente en UBS. Lad revistas Barron’s, Forbes y Financial Times le han nombrado constantemente uno de los mejores asesores financieros de Estados Unidos.

En su nuevo libro, Tiempo Completo: Trabajo y el Significado de la Vida, Bahnsen pretende lograr “un replanteamiento drástico del papel que desempeña el trabajo en nuestras vidas” y, lo que es más importante, “defender que el trabajo es el sentido de la vida.” Nuestra cultura occidental tiende a considerar el trabajo como un mal necesario, algo que hay que tolerar o soportar con fines utilitarios. Trabajamos para ganar dinero para comprar cosas, para pagar la vivienda, la comida, la ropa, etc. Eso no es necesariamente malo. Los padres trabajan para mantener a sus hijos. Lo hacen por amor.

Pero el trabajo es mucho más que hacer frente a la monotonía para pagar las facturas. No sólo trabajamos durante la semana para poder vivir los fines de semana o trabajamos durante años para poder disfrutar de la vida cuando nos jubilemos. Hay un valor intrínseco en el propio trabajo. Encontrar ese valor intrínseco en el trabajo puede ser más fácil de ver en algunas ocupaciones que ayudan a la gente, como la sanidad y la enseñanza, o que producen algo bello, como la música, el arte y la arquitectura. Pero incluso los trabajos serviles tienen sentido en la medida en que contribuyen al bienestar de la sociedad. En última instancia, todo trabajo encuentra su verdadero significado como participación en la obra continua de la creación de Dios.

¿Qué dice la Iglesia Católica sobre el trabajo?

El Catecismo de la Iglesia Católica dice lo siguiente sobre el trabajo: “En el principio, Dios confió la tierra y sus recursos a la común administración de los hombres para que los cuidaran, los dominasen con el trabajo y gozasen de sus frutos” (n. 2402). “El trabajo humano procede directamente de las personas creadas a imagen de Dios y llamadas a prolongar la obra de la creación sometiendo la tierra, unos con otros y unos para otros. De ahí que el trabajo sea un deber: ‘El que no quiera trabajar, que no coma.’ El trabajo honra los dones del Creador y los talentos recibidos de él” (n. 2427). “En el trabajo, la persona ejercita y realiza en parte las potencialidades inscritas en su naturaleza. El valor primordial del trabajo proviene del hombre mismo, su autor y su beneficiario. El trabajo es para el hombre, no el hombre para el trabajo. Toda persona debe poder obtener del trabajo los medios para proveer a su vida y a la de su familia, y para servir a la comunidad humana” (n. 2428).

En su Encíclica de 1981 sobre el trabajo humano, Laborem exercens, el Papa San Juan Pablo II escribió: “El trabajo es una de las características que distinguen al hombre del resto de las criaturas, cuya actividad para el sustento de su vida no puede llamarse trabajo. Sólo el hombre es capaz de trabajar, y sólo el hombre trabaja, ocupando al mismo tiempo con el trabajo su existencia en la tierra.”

Lo dijo el Papa Benedicto XVI en la homilía de la Celebración eucarística por todos los trabajadores en la fiesta de San José, el 19 de marzo de 2006: “El trabajo tiene una importancia fundamental para la realización del ser humano y para el desarrollo de la sociedad. Por ello, debe organizarse y realizarse siempre en el pleno respeto de la dignidad humana y debe estar siempre al servicio del bien común.”

El Papa Francisco escribió esto en su encíclica Laudato si’ de 2015: “Jesús trabajó con sus manos, en contacto cotidiano con la materia creada por Dios, a la que dio forma con su artesanía. Llama la atención que a esta tarea dedicara la mayor parte de su vida, en una sencillez que no despertaba admiración alguna: ‘¿No es éste el carpintero, el hijo de María?'” (Mc 6, 3) (n. 98).

San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, escribió sobre la santificación del trabajo con estas palabras: “Hemos de ser almas contemplativas en medio del mundo, que procuran convertir su trabajo en oración” (Surco 497).

Como persona que ha corrido muchos maratones y corre casi todos los días, me inspiró en uno de mis héroes corredores, el difunto Steve Prefontaine, conocido por su apodo simplemente como “Pre”. Nació un año antes que yo. Su estilo, carisma y confianza promovieron en gran medida el “boom del running” estadounidense de la década de 1970. Cuando murió prematuramente en un accidente de coche en 1975, a los 24 años, Prefontaine poseía todos los récords americanos en carreras de entre 2.000 y 10.000 metros.

Tengo un par de citas de “Pre” pegadas junto al espejo de mi cuarto de baño para inspirarme al empezar el día. Una dice: “Mucha gente corre una carrera para ver quién es más rápido. Yo corro para ver quién tiene más agallas. … Dar algo menos que lo mejor de ti mismo es sacrificar el don.” La otra cita dice: “Algunas personas crean con palabras o con música o con un pincel y pinturas. A mí me gusta hacer algo hermoso cuando corro.”

Hagamos lo que hagamos en la vida, podemos hacer algo hermoso cuando lo hacemos, y debemos dar lo mejor de nosotros mismos para no sacrificar los dones que Dios nos ha dado. 

image002.pngQue Dios nos conceda esta gracia. Amén.